Hay días en los que la mente no descansa. Uno intenta seguir con la rutina, trabajar, atender la casa, cuidar a la familia, sonreír… pero por dentro hay una preocupación que no se apaga.
A veces la ansiedad llega por algo concreto: una deuda, una enfermedad, un problema familiar o una mala noticia. Otras veces aparece sin pedir permiso, como un peso en el pecho o una lista interminable de “¿y si pasa esto?”.
Si te ha pasado, no estás solo. Y tampoco significa que te falta fe. Significa que eres humano y que necesitas recordar algo importante: Dios también está presente en esos días.
La Biblia dice en Filipenses 4:6:
“Por nada estén afanosos, sino sean conocidas sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”
Dios no nos pide que finjamos estar bien. Él nos invita a acercarnos con sinceridad. Podemos decirle: “Señor, tengo miedo”, “Señor, no sé qué hacer”, “Señor, estoy cansado”. La oración no siempre cambia todo de inmediato, pero sí nos ayuda a no cargar solos con lo que sentimos.
También es importante cuidar lo que dejamos entrar en nuestra mente. Si todo el día escuchamos malas noticias, críticas, problemas y pensamientos negativos, el corazón termina agotado. Por eso necesitamos volver a la Palabra de Dios, escuchar una reflexión, hablar con alguien de confianza y recordar que no todo está perdido.
Jesús dijo en Juan 14:27:
“La paz les dejo, mi paz les doy; yo no se la doy como la da el mundo. No se angustien ni tengan miedo.”
La paz de Dios no depende de que todo esté perfecto. Es una paz que llega aun cuando todavía hay preguntas, aun cuando el problema sigue ahí, aun cuando no tenemos todas las respuestas.
Quizás hoy no puedas resolverlo todo. Pero puedes hacer algo: respirar, orar y entregarle a Dios lo que te está robando la tranquilidad.
Él conoce tu historia. Él escucha tu oración. Y aunque ahora sientas que la preocupación es más fuerte, Su presencia sigue siendo mayor que cualquier temor.
HCJB2, la radio que te escucha.







