La historia de A.A. Allen parece sacada de una película.
Antes de predicarle a miles de personas y convertirse en uno de los evangelistas más conocidos del avivamiento de sanidad, su vida estaba completamente destruida.
Allen creció en un hogar marcado por el alcohol, la violencia y el caos. Sus padres fabricaban licor casero y, según su biografía, incluso le daban alcohol cuando era apenas un bebé para hacerlo dormir.
-Las peleas eran constantes.
-La pobreza también.
-Y a los 14 años decidió abandonar su casa.
Con el tiempo su vida empeoró aún más. A los 21 años ya tenía graves problemas de salud y estaba físicamente deteriorado.
Pero un día entró por curiosidad a una pequeña iglesia. Y todo cambió.
Aquella noche entregó su vida a Cristo y dejó atrás las fiestas, el alcohol y la vida que llevaba. Después encontró una vieja Biblia y comenzó a leerla de principio a fin, buscando desesperadamente conocer a Dios. Poco tiempo después empezó a predicar.
No fue fácil. Pasó hambre, durmió en lugares precarios y atravesó momentos muy difíciles junto a su esposa.
Pero mientras más buscaba a Dios, más crecía el impacto de su ministerio. Con los años, miles comenzaron a asistir a sus campañas de avivamiento. Personas testificaban haber sido sanadas incluso desde sus asientos mientras él predicaba. Su ministerio llegó a incluir programas de radio, escuelas bíblicas y cruzadas internacionales.
Claro, también enfrentó críticas, controversias y ataques públicos.
Pero más allá de todo lo que se diga sobre su vida, hay algo que sigue impactando hasta hoy: Dios tomó a un hombre que parecía no tener futuro… y escribió una historia completamente diferente. Porque a veces, los mayores milagros no empiezan en plataformas ni escenarios.
Empiezan en vidas rotas que un día se encuentran con Jesús.






